Nicaragua a cuestas: Mujeres que reconstruyen su vida en el exilio
Tres trayectorias en tres países distintos demuestran cómo, a pesar de la barreras del desarraigo, las mujeres nicaragüenses reconstruyen su autonomía, reclaman sus derechos laborales y abren caminos para sus comunidades.
Publicado el 26 de octubre de 2026
Por
Redacción Central
Tres trayectorias en tres países distintos demuestran cómo, a pesar de la barreras del desarraigo, las mujeres nicaragüenses reconstruyen su autonomía, reclaman sus derechos laborales y abren caminos para sus comunidades.| Por: Arículo 66 y La sala, mujeres en la redacción
El exilio y la migración nicaragüense ya no tienen un solo rostro. Ocho años después del estallido de la crisis sociopolítica de 2018, quienes dejan el país ya no son únicamente jóvenes y activistas perseguidos por participar en las protestas sociales.
El éxodo actual está compuesto por familias enteras y mujeres que se han visto obligadas a desplazarse para escapar de la persecución, la asfixia económica y un entorno que ha cerrado universidades, organizaciones y empresas.
Esta limitación al acceso de oportunidades y derechos fundamentales se refleja en cifras alarmantes. Entre 2018 y 2026, más de 800,000 nicaragüenses han tenido que abandonar su país —lo que representa a más del 12 % de la población total—, según datos documentados por la Organización de las Naciones Unidas.
La gran mayoría se dispersa en tres destinos principales: Estados Unidos, que alberga a la comunidad más numerosa con más de 500,000 personas impulsando procesos de asilo y reunificación; Costa Rica, que se mantiene como el destino histórico por cercanía geográfica al acoger a más de 250,000 nicaragüenses; y España, que representa la principal puerta de entrada a Europa con más de 50,000 migrantes.
Detrás de cada número hay un proceso de desarraigo complejo, con un impacto particular sobre las mujeres. La investigadora Claudia Vargas, coordinadora del programa Nicaragua en la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano de Costa Rica, explica cómo ha cambiado esta dinámica.
«El exilio entre 2018 y 2022 respondía a necesidades mayores de atención psicológica inmediata porque las personas eran víctimas directas de la represión. El exilio actual presenta características diferentes: es una migración cruzada por la urgencia económica, donde las mujeres se desplazan con sus familias e hijos en busca de empleo y estabilidad».
Llegar al país de destino, sin embargo, no resuelve la vulnerabilidad de forma inmediata. La burocracia paraliza el acceso a la inserción laboral formal y al ejercicio pleno de derechos.
En Costa Rica, por ejemplo, las citas para la Unidad de Refugio se han asignado hasta el año 2028. Esta dilación mantiene a miles de personas en la informalidad durante años, sin posibilidad de obtener un trabajo regulado, alquilar una vivienda de forma legal o acceder al sistema público de salud. A ello se suma la traba estructural del reconocimiento de títulos universitarios.
La presión sobre el sistema de protección continúa siendo crítica. A comienzos de 2026, más de 318,000 personas esperaban una resolución a sus solicitudes de refugio, de acuerdo con la Dirección General de Migración y Extranjería costarricense.
«Costa Rica no ha logrado garantizar el reconocimiento de las capacidades académicas de la población nicaragüense. Muchos profesionales se han dado por vencidos y han migrado a otros países. Las mujeres siguen insertándose en sectores precarizados, donde no se valoran ni reconocen sus competencias profesionales», detalla Vargas.
En medio de esta desprotección, la organización comunitaria y la solidaridad entre exiliadas han funcionado como sostén económico y social. Muchas no solo trabajan para garantizar su propia subsistencia y enviar remesas a los familiares que permanecen en Nicaragua, sino que disponen de tiempo para articular redes de apoyo mutuo.
Para Vargas, la clave radica en capacitar y politizar a las mujeres en el sentido más amplio y libre de etiquetas partidarias.
En medio de esta desprotección, la organización comunitaria y la solidaridad entre exiliadas han funcionado como sostén económico y social. Muchas no solo trabajan para garantizar su propia subsistencia y enviar remesas a los familiares que permanecen en Nicaragua, sino que disponen de tiempo para articular redes de apoyo mutuo.
Para Vargas, la clave radica en capacitar y politizar a las mujeres en el sentido más amplio y libre de etiquetas partidarias.
«Politizar a las mujeres es darles herramientas para que reconozcan sus derechos, entiendan qué es la democracia y conciban sus cuerpos como un primer territorio de autonomía. Es hacerles comprender que su voz tiene valor y poder».
Por su parte, la socióloga Elvira Cuadra Lira, directora del Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica (CETCAM), profundiza en la respuesta económica que las exiliadas han estructurado frente a la adversidad.
Cuadra analiza cómo un porcentaje significativo de nicaragüenses ha apostado por la creación de pequeños negocios o iniciativas de autoempleo para responder a la necesidad de sobrevivencia. Esta vía no solo sostiene su permanencia en los países de acogida, sino que se transforma en el sustento directo de dependientes (hijos, madres o adultos mayores) en Nicaragua.
Según la especialista, aunque estos emprendimientos nacen en contextos de vulnerabilidad, se consolidan como espacios de autonomía económica y reconstrucción de la dignidad, permitiéndoles integrarse al mercado local y tender puentes con otras familias migrantes.
Este especial reúne tres historias que documentan la capacidad de reinvención y la resiliencia socioeconómica de las nicaragüenses en el exilio:
Tres trayectorias en tres países distintos demuestran cómo, a pesar de las barreras del desarraigo, las mujeres nicaragüenses reconstruyen su autonomía, reclaman sus derechos laborales y abren caminos para sus comunidades.
*Este reportaje ha sido producido en el marco de la beca de producción periodística La Sala: Mujeres en la Redacción, con el financiamiento de DIAKONIA, una iniciativa que busca fortalecer el periodismo independiente, crítico y de investigación, así como promover la participación, el liderazgo y la proyección de las mujeres periodistas, mediante acciones de influencia e impacto que contribuyan a visibilizar y posicionar sus voces como referentes del periodismo, la investigación y la opinión público.