Este reportaje es un homenaje a las periodistas que siguen contando Nicaragua desde el exilio y la clandestinidad. Una colaboración de Galería News y La Sala, Mujeres en la Redacción | Por Abigail Hernández

*Por razones de seguridad, Galería News omite los nombres de algunas de las periodistas entrevistadas. En esos casos, se verificó su identidad y trayectoria profesional, pero se modificaron u omitieron detalles que pudieran ponerlas en riesgo.
Angélica salió de su casa con 100 córdobas en el bolsillo, su cédula y una fotografía de su bebé. Antes de huir, apenas tuvo tiempo de darle un beso a su hija de cuatro meses. La Policía del régimen Ortega-Murillo había llegado a buscarla y ella logró escapar por la parte de atrás de la vivienda, con ayuda de sus vecinos.
Era septiembre de 2022. Desde entonces, esta periodista nicaragüense vive en Estados Unidos, separada de su hija, a quien ha visto crecer a través de la pantalla de su celular.
“Jamás lo contemplé, jamás estuvo en mis planes exiliarme. Nunca se me pasó por la cabeza […] fui obligada a salir de Nicaragua … a dejar a mi bebé”, recuerda Angélica a Galería News.
La historia de Angélica refleja una de las consecuencias menos visibles de la persecución contra el periodismo independiente en Nicaragua. Para algunas mujeres periodistas, el exilio no sólo significó abandonar sus hogares y, en algunos casos, el ejercicio de su profesión, sino también separarse de sus hijos y aprender a ejercer la maternidad a distancia.
La violencia que traspasa las redacciones
“Un silencio pesa más que cualquier maleta”, escribió una periodista nicaragüense en un relato publicado por La Sala, Mujeres en la Redacción. En esas palabras resumen una de las cargas más difíciles de llevar para quienes han tenido que abandonar Nicaragua: aquello que no cabe en una maleta, pero que acompaña al exilio.
La periodista salió de Nicaragua a mediados de 2021. “Me fui sola, con una maleta en la mano y el corazón lleno de recuerdos”, relata. Dejaba atrás a su familia, su casa, sus afectos y un trabajo que nunca sintió como tal, porque —confiesa— amaba lo que hacía en el periodismo. También dejaba una vida que durante años había considerado estable, segura y agradable.
Pero el miedo fue ocupando espacios hasta convertir la permanencia en Nicaragua en un riesgo, porque la dictadura de Ortega y Murillo criminalizó el periodismo independiente y crítico.
“Hay momentos en la vida en los que el miedo comienza a ocupar todos los espacios”, escribió. Así comenzó, para ella, una nueva etapa marcada por el exilio, la distancia y la necesidad de seguir contando, desde afuera, la realidad que el régimen intenta silenciar.
Su vida y su trabajo son un ejemplo del coraje de las periodistas nicaragüenses que, aún frente al miedo, decidieron no dejar de contar las historias sobre los abusos a los derechos humanos y la corrupción del régimen Ortega Murillo.
Hoy, ocho años después del estallido social de abril de 2018, otras mujeres continúan ejerciendo el periodismo desde la clandestinidad para evitar ser detenidas, encarceladas o desaparecidas. Otras lo ejercen desde el exilio y algunas más desde trabajos que nada tienen que ver con una redacción, pero sin abandonar la identidad que las ha acompañado durante años.
“Yo me sigo sintiendo periodista”, dice una de ellas.
La persecución contra la mujer periodista
No existe una cifra global oficial desagregada que detalle la cantidad exacta de mujeres periodistas en el exilio o bajo amenazas, pero los informes de organizaciones de derechos humanos y libertad de prensa estiman que más de 309 periodistas nicaragüenses se encuentran en situación de exilio y al menos 80 medios de comunicación han sido forzados al cierre.
El informe “Estado situacional de las mujeres periodistas en Nicaragua” (2025) de la Fundación para la Libertad de Expresión y Democracia (FLED), registra 730 agresiones contra mujeres periodistas en Nicaragua entre 2018 y 2025. Todo, bajo una estrategia de “tierra arrasada”, como ha señalado Guillermo Medrano, director de la FLED en distintos foros.
Ocho de cada diez mujeres periodistas atendidas sufrieron violencia sexual y amenazas familiares, según el informe.
Duyerling Ríos, autora del informe “Situación de medios de comunicación nicaragüenses en el exilio liderados por mujeres: estado actual y desafíos”, elaborado por La Sala, Mujeres en la Redacción, destaca que el 100% de las directoras de medios de comunicación entrevistadas se encontraban en condición de exilio, refugio o movilidad humana forzada.
Al menos dos periodistas nicaragüenses han sido reportadas como prisioneras políticas en condición de “Casa por cárcel”.
Pero las cifras no alcanzan para describir lo que ocurre cuando una periodista debe abandonar a sus hijos, cuando una madre no puede regresar a su casa o cuando una mujer debe elegir entre continuar informando y proteger a su familia.
En el exilio o al informar desde la clandestinidad, estas periodistas enfrentan una triple jornada de resistencia: la supervivencia ante la censura digital, la asfixia económica producto del subempleo, la precariedad y las barreras para conseguir el asilo, que en muchos países puede durar hasta cinco años. Además, de las responsabilidades familiares en el destierro y en condiciones de desarraigo.
Esta realidad es el resultado de la maquinaria sandinista, que imparte terror en el país, las fuerzas policiales y los tentáculos que extienden a través de la represión transnacional. Frente a este escenario, no hay mucho que explicar: los hechos son contundentes y las pruebas se reflejan en las vidas de decenas de periodistas nicaragüenses.
Usted que hoy nos lee debe saber que detrás de cada titular publicado por una periodista nicaragüense hay una batalla invisible de la que pocas veces se cuenta en las noticias, es la lucha diaria de hacer periodismo frente al peso de la persecución que les cruza por el cuerpo y la vida. A las exigencias de informar desde el anonimato o en el exilio, se suma el desgaste emocional de liderar hogares fracturados y la carga constante del duelo por la separación familiar.

Maternidades bajo la violencia
La persecución del régimen a periodistas nicaragüenses no solo ha buscado silenciar sus voces, busca quebrarlos al amenazarlos con casa por cárcel, despojo de su nacionalidad, imponerles censura y asfixia económica o forzarlos al desplazamiento de sus territorios y el exilio. Sin embargo, en el caso de las mujeres periodistas, la maquinaria represiva ha cruzado la frontera más íntima y vulnerable: la maternidad.
Para un grupo importante de ellas, cruza por la maternidad fracturada por las fronteras del exilio, en otros casos por la pobreza impuesta del desempleo y en otras, las mayores, las enfrenta a la angustia de ver arrebatadas las pensiones de toda una vida de trabajo.
Para muchas reporteras y editoras, resistir en el oficio ha significado convertirse en «madres celulares» que crían, consuelan y ven crecer a sus hijos a través de la pantalla de un teléfono.
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Periodista y embarazada en una dictadura
Angélica es una de esas periodistas. Exiliada en Estados Unidos desde 2022 aún conserva intacto el orgullo de su profesión, pero guarda las cicatrices de la arbitrariedad estatal que dañó su vida y la de su bebé.
Angélica tenía 27 años cuando quedó embarazada en 2021. Para entonces, ejercer el periodismo independiente en Nicaragua ya implicaba enfrentar vigilancia, hostigamiento y amenazas de la dictadura.
“Vivir un embarazo en tiempos de dictadura es complejo. Complejo como periodista. […] Mi embarazo no fue el más tranquilo, fue el embarazo de una periodista perseguida, una periodista bajo presión, que no podía dejar de pensar que ir a hacer una cobertura implicaba que fuese seguida por la policía o paramilitares o personas civiles que el gobierno enviaba a vigilar a los periodistas en las coberturas”, relata Angélica.
Durante su embarazo, el medio para el cual trabajaba decidió relevarle de las coberturas en las calles y asignarle labores desde el escritorio. Era una medida de seguridad para reducir el riesgo de detenciones policiales, agresiones físicas o cualquier otro incidente durante su trabajo periodístico.
Aunque comprendía las razones, la decisión también le produjo frustración. Sentía que atravesaba uno de los mejores momentos de su carrera y que la persecución comenzaba a limitar su vida profesional y personal.
“Me sentía llena de frustración, con coraje, miedo […] me frustré porque sentí que era mucha presión […] ahí te das cuenta como madre que ya no era solo pensar en mí, sino que también en la vida de otra persona, la que traía dentro”, recuerda Angélica.
El embarazo tampoco estuvo libre de presiones fuera de la redacción.
Según su testimonio, cuando esta periodista buscó atención médica en una casa materna, el personal le exigió fotografiarse con un cartel del dictador Daniel Ortega como condición para acceder a ese servicio. De negarse, debía firmar un documento en el que asumía la responsabilidad por su salud.
Angélica nunca se tomó esa foto. Enfrentó el terror de dar a luz siendo periodista y en las manos de un sistema de salud en el que no confiaba.
Después del nacimiento de su hija, la situación de seguridad continuó deteriorándose. Angélica había permanecido en una casa de seguridad, pero decidió regresar al hogar de sus padres para proteger y cuidar a su bebé. Entonces comenzó una vigilancia que recuerda con angustia. Motocicletas y camionetas rondaban constantemente la vivienda. Personas desconocidas tomaban fotografías y videos.
Una tarde de septiembre de 2022, su padre recibió una llamada desde Plaza El Sol, la sede central de la Policía del régimen en Managua. Alguien le advirtió que la Policía iba a buscarla.
“Van por ella”, le dijeron.
La familia enllavó la puerta principal de la casa para ganar tiempo. Unos 40 minutos después, agentes de la Policía tocaban la puerta.
Cuatro meses después del parto, la policía allanó su casa mientras amamantaba a su bebita, obligándola a huir y dejar a la pequeña en brazos de su madre.
Angélica logró escapar por la parte trasera.
“Recuerdo que en ese momento yo me brinqué la barda de la parte de atrás, y yo agradezco infinitamente a los vecinos que ahí jugaron un papel súper importante para que yo pudiera quedarme en otra casa en el tiempo que duró el allanamiento en la casa de mis papás. No pude regresar. Salí con 100 córdobas (3 dólares) en mi bolsa, mi cédula y una foto de mi bebé. […] salí sin nada, a duras penas y me dio tiempo de darle un beso a mi bebé”.

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Han pasado cuatro años y la bebé que dejó de cuatro meses hoy es una niña bonita de cuatros años de edad. Angélica no ha sentido sus abrazos. No vió sus primeros pasos, ni escuchó sus primeras palabras.
De su hija se llevó el recuerdo de su olor a bebé, los pechos calientes de una leche materna que quemaba su cuerpo y que manchó su ropa cuando emprendió su rumbo como inmigrante a Estados Unidos. Angélica ha visto crecer a su hija en los brazos de su abuela, a través de llamadas y fotografías. Esta periodista llora en cada cumpleaños de su hija, por no poder acompañarla físicamente, como tampoco lo hizo en los días importantes del pre escolar.
Su historia no es la única. Brenda también ha tenido que aprender a vivir separada de sus hijos. Esta periodista ha tenido dos exilios. Primero salió de Nicaragua por un punto ciego en la frontera hacía Costa Rica. Dos años después emprendió un segundo desplazamiento, esta vez hacía Estados Unidos.
Atrás quedaron su hijo adolescente y su bebé de dos años.
Cuatro años después, su hijo mayor ya es adulto y el menor tiene seis años. La distancia ha transformado la vida de Brenda y de sus hijos, en la que una pregunta es constante en sus conversaciones.
“¿Cuándo volvés?”, cuenta Brenda.
Brenda intenta continuar ejerciendo el periodismo, aunque su trabajo en una panadería para cubrir los gastos en Estados Unidos y lo que envía a sus familia en Nicaragua, limita el tiempo que puede dedicarle a la profesión. Pero ella sigue interesada en los temas de género y busca maneras de mantenerse vinculada a las historias que antes contaba en los medios de comunicación en los que trabajó en Nicaragua.
Su propia vida está atravesada por muchas de las violaciones de derechos sobre las que ha trabajado como periodista.
Angélica y Brenda viven realidades distintas, pero comparten el dolor de la separación y la incertidumbre de no saber cuándo podrán reunirse nuevamente con sus hijos. Es consecuencia de la violencia de un Estado dictatorial.
Informar en libertad, un sueño pendiente
Para las periodistas nicaragüenses, el panorama es claro: mientras las que están en el país viven bajo la sombra del patrullaje y la vigilancia policial, las que están en el exilio enfrentan a diario el dolor de la distancia y el desafío de reconstruirse desde cero. A ambos grupos los une el mismo temor de que la dictadura tome represalias contra sus familias. También los une la determinación de no abandonar completamente el periodismo.
En Centroamérica, la denuncia pública funciona como trinchera y altavoz; en Nicaragua, en cambio, ese mismo ejercicio se paga con prisión, confiscaciones, destierro o el despojo arbitrario de la pensión, la nacionalidad, su patrimonio y, en algunos casos, la separación de sus hijos e hijas.
Hoy en día, el valor de la palabra en Nicaragua se mide por la capacidad de esquivar la represión. Quienes reportan desde el anonimato o el exilio no han abandonado el oficio, sino que han adaptado sus métodos ante un régimen implacable.
Algunas de las periodistas, quizás la mayoría, han dejado de publicar con sus nombres. Otras trabajan desde la clandestinidad, mientras esperan condiciones que les permitan volver a informar sin temor a ser detenidas.
Una de ellas, que pidió mantener su identidad en reserva, cuenta que sigue practicando el periodismo en silencio.
“Aunque ya soy mayor escribo en mi cabeza, no dejo de practicar, afino mi redacción para estar lista para el día en que caiga la dictadura, hoy estoy con un bozal en la boca, pero cuando caigan y mientras todos ustedes vengan en camino para cubrir… nosotras ya estaremos en las calles, alistando las notas, los reportajes, las fotografías, las entrevistas, no vamos a perder tiempo y la información no va a pararse… esperamos en la clandestinidad”, dice a Galería News.
Pareciera que no están, pero siguen ahí. “Quiero seguir haciendo periodismo, pero España es difícil, trato de conseguir mejores trabajos para ganar más dinero y poder volver a escribir, yo sigo monitoreando los medios, a veces les mando ideas de trabajo a algunos colegas, otras corrijo en mi mente sus trabajos cuando siento que pueden mejorar los enfoques, a veces me frustro, pero yo espero regresar al periodismo un día porque yo me sigo sintiendo periodista”, afirma otra periodista nicaragüense a Galería News.
Aunque sus circunstancias son distintas, todas las periodistas nicaragüenses exiliadas o en la clandestinidad en el país comparten la esperanza de volver a contar las historias de Nicaragua en libertad.
Las que esperamos

Este relato es un homenaje para las mujeres periodistas cuyos nombres hoy no podemos escribir.
Algún día los pronunciaremos en voz alta, en las calles: el nombre de esas mujeres que siguen luchando y con su sola presencia, mantienen viva la memoria en Nicaragua para que sigan habiendo historias que contar. Ellas ya están listas. Nosotras también.
Por las que mantienen una maleta a medio hacer para regresar a Nicaragua y por las que todavía la tienen preparada ante la posibilidad de huir del país.

Para ellas: por las que firman, por las que omiten sus nombres, por las que dejaron de hacer periodismo para sostener a sus familias desde el exilio y por las que se guardan para sobrevivir en Nicaragua. Hoy, desde La Sala, Mujeres en la Redacción, levantamos la voz para rendir tributo por su valentía en defensa de los derechos humanos y las libertades públicas en Nicaragua.
*Este reportaje ha sido producido en el marco de la beca de producción periodística La Sala: Mujeres en la Redacción, con el financiamiento de Vikes (Fundación Finlandesa para los Medios y el Desarrollo), una iniciativa que busca fortalecer el periodismo independiente, crítico y de investigación, así como promover la participación, el liderazgo y la proyección de las mujeres periodistas, mediante acciones de influencia e impacto que contribuyan a visibilizar y posicionar sus voces como referentes del periodismo, la investigación y la opinión pública.