Para contar la historia de las comunidades, primero tuvo que reconstruir la suya. Esta es la historia de la periodista maya kaqchikel Norma Sancir: un perfil sobre la búsqueda de identidad, la empatía y la resistencia de las mujeres que se niegan a guardar silencio.| Por Mélina Nantel| laCuerda y La Sala, Mujeres en la Redacción

Es un día como cualquiera. Norma Sancir madrugó desde las cuatro de la mañana. Su hijo, Sebastián, de seis añitos, se quedó con su abuela. Norma llega al centro de la ciudad de Guatemala, corre de un lado a otro para cumplir con los mandados de la mañana. Así es la vida de esta mujer, soltera, periodista, amiga, hija, hermana, atrapada en la prisa de la ciudad. En algún punto del trayecto olvidó su bolsa en el transporte que la llevó de un lugar a otro. Con dolor de cabeza, regresa sobre sus pasos para recuperarla.
‘‘Mi mente siempre está llena’’, dice, como quien ya está acostumbrada a cargar con demasiado. Pero la vida de Norma Sancir no se mide sólo en mandados y madrugones. Muchas personas la conocen en Guatemala por otra razón: la sentencia condenatoria contra dos agentes de la Policía Nacional Civil y un ex comisario, responsables de su detención ilegal en 2014, cuando cubría una manifestación de la comunidad Maya Ch’orti’ en Chiquimula, departamento del oriente de Guatemala, en la frontera con Honduras y El Salvador. Tras casi una década de proceso judicial, la justicia guatemalteca reconoció que hubo abuso de poder contra ella, y que al encarcelarla, se negaron tanto sus derechos como periodista como el derecho de toda la población guatemalteca a estar informada.
El tribunal reconoció algo que pocas veces se reconoce en los juzgados del país: que hubo violencia específica contra Norma por ser mujer y por ser indígena.
Pero Norma Sancir es mucho más que un caso judicial. Detrás de la periodista que se atrevió a enfrentar al Estado que la encarceló hay una niña que tuvo que reconstruir, primero, el hilo de su propia historia para poder, después, contar la de las demás.

Norma Sancir: nacer y renacer
‘‘Es complicado el tema de la niñez aquí en Guatemala. No sé cómo hablar de la mía sin re victimizar el asunto…’’. Norma respira profundamente. Luego de un silencio, exclama: ‘‘Ya sé por dónde empezar.’’
Tecpán, 1979. Guatemala está en plena guerra contra-insurgente, el llamado conflicto armado interno que enfrentó al Estado guatemalteco contra grupos guerrilleros. Como en muchas comunidades del país, Tecpán se convierte en el escenario trágico de violencia estatal: incursiones militares, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y ataques armados. Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), más de 200 mil personas fueron asesinadas o desaparecidas, y el 83 por ciento de las víctimas identificadas pertenecían al pueblo maya.
Es en ese Tecpán donde nace Norma Sancir, en una familia Maya Kaqchikel. Tenía apenas tres años cuando su mamá migró con ella y su hermana a la ciudad. “Mi mamá, siendo una mujer indígena, pobre, se viene a la ciudad para salvarnos la vida”, cuenta, con la voz entrecortada. “Es una parte de la historia de mi vida que casi no… casi no menciono. Me ha sido bien complicado… digerir la verdad.”
Esa decisión, si bien le salvó la vida, también tuvo un costo. “Fue bueno, porque si mi mamá no sale, yo no estuviera aquí hoy día. Pero fue malo, porque, al final, al salir de la comunidad, me despojó de mi identidad maya”.
Sin embargo, esa identidad no desapareció del todo. Norma creció fuera de su comunidad, en los barrios populares de la ciudad, pero de la mano de su abuelita de crianza, tía de su mamá, que la sostuvo con lo cotidiano. Nadie se sentó con ella a explicarle “así somos, nuestro pueblo”; fue algo que se transmitió en el día a día, sin discurso: preparar los tamales, el trato con las personas, la forma de hacer comunidad, de comunicarse. “Esa identidad y esas prácticas siempre han sido parte de mi vida”, dice Norma, y se le nota el cariño.
Pero ese hilo se rompió apenas salió al mundo. Cursó toda su educación en la escuela pública, desde la primaria hasta la universidad, y fue ahí donde el racismo dejó de ser una idea abstracta para convertirse en experiencia diaria. “Cuando sales al mundo exterior, te topas con el racismo. Tu existencia es rara para la gente urbana. Me empecé a cuestionar mis apellidos, mis orígenes”. Ese racismo no sólo la hizo dudar de sí misma: le arrebató, específicamente, su espiritualidad maya. Lo que la abuela le había dado en la cocina y en la palabra, la ciudad se lo negó en la calle. Tuvo que esperar a ser adulta, y encontrar comunidad de nuevo, para recuperarla. Para reconstruirse, recuperar su espiritualidad y luchar contra el desarraigo.


Reconstruir el hilo de su historia
Una silla, una mesa y un cuadro. El primer día que Norma regresó a la casa donde creció, era como si nunca se hubiera ido a la ciudad. “Lo tenía tan presente”. Hay emoción en su voz, y quizás también el tono de la niña que vuelve a vivir. “Mi mamá nunca habló de por qué se fue de la comunidad. Todavía se avergüenza. Tiene temor de hablar del tema”.
Por muchos años, el silencio pesó. Pero en Norma las semillas de cuestionamiento fueron creciendo. “De adulta, empecé a leer, a preguntarle a mi mamá y, poco a poco, a hilar mi propia historia.” Así fue como llegó a conocerse a sí misma, a construir el hilo histórico de su familia y de su comunidad, y creció el deseo de contar esas tantas historias que no se cuentan. La comunicación, en aquel entonces, se convirtió en su camino.
El camino hacia el periodismo
Es 2003. Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos, la única universidad pública de Guatemala. Norma sueña con contar historias, con hacer periodismo en las comunidades del país. Su mamá esperaba una carrera diferente para su hija: “estudiaste para estar mejor que yo, no para estar peor”. “Eso me lo ha dicho muchas veces”, cuenta Norma. “Mis sueños no me dejan en las condiciones en que, para el sistema capitalista y patriarcal, debería estar una mujer”. Pero si no siempre entendió las elecciones de vida de su hija, la madre siempre las respetó, y la acompañó en su camino. En las tardes del semestre, la esperaba en la parada de bus. La cuidaba. Si bien su madre crió a un bicho raro, ese bicho raro fue la primera mujer de la familia en llegar a la universidad.
Primeras clases del semestre. Al lado de Norma está sentada Yadira Montes. Todavía no lo saben, pero se volverán mejores amigas, hermanas de la vida. “Mi primera impresión de Norma fue la de una joven fuerte, curiosa y con muchas ganas de aprender”. Durante casi siete años, caminan juntas en una formación universitaria donde la conciencia social está al centro. “Teníamos excelentes catedráticos. Gente crítica, consciente y consecuente. Nos recordaban que las comunidades vulnerables sostenían con sus impuestos nuestro acceso a estudios superiores”.
Es en un curso de formación social que empieza a leer la historia de la colonización, del despojo de las tierras, y lo que ella llama la verdadera cara histórica del país. “Tenía una idea muy diferente del periodismo. Pero me fui dando cuenta de que es mucho más que verse bonito en la tele o convertirse en famoso por escribir las mejores notas. Incluso en el periodismo hay mucha gente que no tiene voz”. Agrega: “Decidí hacer periodismo comunitario porque sentía que era la única forma tanto de tener conciencia como de devolver lo que la universidad me había dado”.
En las comunidades aprendió a escuchar. ‘‘Era como estar en una universidad de aprendizajes que no me lo iba a dar ningún libro’’. Sentada con el agricultor, conocer cómo protegen sus semillas, hablar toda la mañana, sin la prisa de la carrera de la ciudad. Cortar una cereza, un durazno. Ver con ojos propios las empresas extractivas. Entender, desde lo espiritual, la riqueza ambiental de las comunidades: sus montañas, sus bosques, sus ríos. “En las comunidades, la gente escucha. Te da su tiempo. Las familias te reciben. Uno aprende que no hay que andar corriendo, que tienes que dar tu tiempo, porque si escribes una historia, debes entender el contexto, sentir empatía por esa persona humana que te está compartiendo su historia”.
“Norma tiene una forma de trabajar que es comprometida y respetuosa”, dice Yadira Montes. También periodista, su amiga enfatiza que entrar a una comunidad maya requiere tiempo y confianza. “Norma lo logró gracias a su carácter sensible y su respeto por la organización comunitaria. Fue acogida y pudo impulsar proyectos significativos, siempre desde la escucha y la construcción colectiva”.
El arresto que cambió todo
Es el 18 de septiembre de 2014. Desde el día anterior, en el puente Jupilingo, en Chiquimula, las comunidades mayas ch’orti’ protestan pacíficamente. Norma lleva varios años trabajando allí. La llaman para hacer cobertura. Con su gafete de prensa al cuello y su cámara en la mano, llega para hacer su trabajo. Se da cuenta de que el aire está lleno de gases lacrimógenos. Se escuchan disparos. A su alrededor, agentes de la Policía Nacional Civil. La rodean. “Soy periodista”, dice Norma. Pero no bastó. La insultan, le arrebatan la cámara, el carné y la trasladan a la cárcel. Por cinco días la guardan encerrada. Sin llamadas, sin abogado, sin explicación.
“Yo tenía bien definido lo que tenía que hacer. Había construido algo en el territorio ch’orti’. Sentía que podía hacer algo que de verdad trascendía. Y me lo truncan.” Al recordar este evento traumático, lo que llena a Norma es la rabia. La rabia de conocer sus derechos y verlos violados. “Sentí que me rompieron mi identidad. Estaba cumpliendo mi sueño de ser periodista. Para mí era muy importante que la información saliera. Era mi identidad profesional, era mi propósito”.
Un par de horas después de la detención, la noticia llega a una persona que será clave en los años por venir: la licenciada Jovita Tzul, abogada Maya K’iche’ y amiga de Norma. Se conocieron alrededor de 2012, cuando Jovita hacía su pasantía para graduarse como abogada y Norma trabajaba como comunicadora en la Asociación de Abogados Mayas. “Ella fue de las primeras personas con quien me relacioné al llegar a la ciudad capital”, recuerda Jovita. De ese primer encuentro nació una amistad que ha durado años, y que aquel 18 de septiembre se pondría a prueba.
A través de una tercera persona, Norma logró llamar a la oficina de la Asociación de Abogados Mayas de Guatemala. Dice que la han detenido, que se encuentra en la comisaría de Chiquimula. “Salí de inmediato para Chiquimula, para alcanzar llegar a su audiencia”, cuenta Jovita Tzul. “hno lo logré, a pesar de salir lo más rápido posible. Llegué después de las 15:30 y no logré apoyarla. Vi cómo la subían al transporte del sistema penitenciario y se la llevaban a prisión.” Pero desde la Asociación se movilizó de inmediato el equipo, y desde ahí no la dejaron sola.
También la acompañaron sus compañeros de la Asociación Nuevo Día, donde Norma laboraba en ese entonces. Al revisar las pertenencias que les devolvieron los agentes de la PNC, notaron que a Norma le habían quitado la computadora: en su mochila solo quedaba el estuche vacío. Uno de ellos dijo: “Seguro que se la quedaron, ¿quién se lleva el estuche y no la computadora?”. Jovita Tzul, quien conocía bien a su amiga, respondió de inmediato: ‘‘¡Norma!’’. Sabía que era tan risueña y amable como distraída, con una memoria pésima. Fueron a buscar en su cuarto y, como sospechaba Jovita, ahí estaba la computadora. “Hasta ahora esa anécdota nos hace reír”, cuenta con cariño la amiga. “Su mala memoria es parte de su personalidad.”
“Al verla salir de la cárcel de Zapa, sentí alivio, pero también sabía que esa experiencia marcaría su vida”, cuenta Yadira Montes.
Si Norma sabía que su detención había sido ilegal e injustificada, el sistema de justicia tardó nueve años en darle la razón. “En algún momento me pregunté si tenía que seguir o no. Pero estaba tan acompañada. Tenía una red de tantas hormiguitas sosteniéndome. Yo era como la hojita que transportaba la hormiguita de un lugar a otro”. Su familia, sus amigas, el CALDH, la Asociación de Abogados Mayas de Guatemala, las compañeras de trabajo y de lucha. “Eso me ayudó a sostener todo el proceso: conocer a muchas personas que creían que era posible conseguir justicia”.
Y este hilo, que nunca dejó: la parte espiritual, desde la cosmovisión maya, que supo sostenerla.

Un juicio de espera y de cambios
Además de ser desgastante económica y emocionalmente, el proceso judicial cambió para siempre la vida de Norma. “Después, había un mayor nivel de riesgo al cubrir las luchas en las comunidades”. Tuvo que salir de la casa donde vivía, estar en constante vigilancia. Empezó a hacer su trabajo En medio de esos años de espera, Norma tuvo a su hijo. Él se convirtió en un sostén fundamental. “Su maternidad le dio fuerzas renovadas”, cree Yadira. La lucha ya no era sólo por ella misma y por las comunidades, sino también por este hijo elegido.
A lo largo de su trayectoria, Norma se cruzó con muchas mujeres, compañeras, que tuvieron que vivir una maternidad muy cruel. “Veo todos los esfuerzos que estamos haciendo las mujeres para sostener la vida de nuestros hijos en un sistema violentamente patriarcal. Cuando es una maternidad deseada, tal vez no buscamos la perfección, pero buscamos cambiar esos patrones capitalistas, racistas y machistas’’, explica. Recuerda mirar a las compañeras en talleres, con sus bebés. No se imaginaba que iba a ser un rol tan cansado, tan cargado. A través de esa maternidad en soledad, espera seguir recuperando una identidad que le fue arrebatada. “Quiero que mi hijo crezca en un entorno seguro, sintiendo que su identidad no debería ser motivo de avergonzarse o de esconderse”.
La sentencia
El 31 de enero del 2024 llegó la sentencia. El tribunal determinó que no existió motivo alguno para la detención de Norma Sancir y condenó por abuso de autoridad a dos agentes de la Policía Nacional Civil y a un ex comisario, responsables de su detención ilegal. Según el fallo, el juez reconoció que hubo abuso de poder contra ella por ser periodista comunitaria, mujer y maya kaqchikel; que se violó su derecho constitucional a la libre emisión del pensamiento, y que con ello se negó también a la población guatemalteca el derecho a estar informada. Ordenó, además, una serie de medidas de reparación, satisfacción y no repetición, dirigidas tanto a Norma como a la comunidad a la que se dañó. “La lucha iba más allá de lo personal”, dice Norma.

A través del desgaste, Norma sigue de pie. Sigue riendo, luchando. Es una mujer como cualquiera, con su historia que contar, con sus partes de luz y de sombra. Siempre ha sido distraída, olvidando su bolsa para esta entrevista, o todas sus cosas en las clases de la universidad. Su mejor amiga, Yadira, recuerda con mucho cariño a Liss, una compañera del técnico en periodismo. “Era mucho mayor que nosotras y nos apoyó muchísimo para finalizar esa etapa. Cuando se enteró de que Norma se había convertido en mamá, le decía en tono de broma: ‘‘¡Ojalá no se te vaya a olvidar el niño!’’’, haciendo referencia a las distracciones que compartieron en la universidad. Quizás un defecto, pero uno que muestra también su capacidad de improvisar y salir adelante.
Hoy, Norma sigue cruzándose todos los días con personas, hombres, mujeres, adultos, que tienen historias de vida que merecen ser contadas. Historias que valen la pena que el mundo conozca. El hilo conductor a través de los años ha sido: primero, entender su propia historia, y luego, contar las de las comunidades.
Si bien es fuerte la violencia, la intimidación y los ataques contra las y los periodistas que se atreven a decir la verdad en el país, Norma sigue pensando que vale la pena. “Si queremos seguir haciendo periodismo, lo importante es crear redes, crear formas de organizarnos y respetar el trabajo. Todas las historias son dignas de contar”.
